Mensajes y saludos
   

Mensaje de su Santidad Juan Pablo II

   

Saludo del Administrador Diocesano

   

Saludo del Consiliario Arciprestal de Cofradías y Hermandades

   

Saludo de la Presidenta de la Agrupación Arciprestal de Cofradías

   

Saludo del Hermano Mayor

       
 

Artículos y Crónicas

   

Camino de Santiago – Bartolomé Chinchilla

   

Nuestra Cofradía en Internet – Fco Javier Moreno Ruiz

   

Crónica de un Congreso – Andrés Pérez Lorite

       
 

El Incensario

   

“Sentires de un costalero” (poesia)

   

FATALIDADES  (poesia)

   

A Victor Alonso  (poesia)

   

A los costaleros  (poesia)

       
 

Varios

   

Cultos parroquiales

   

Itinerario y horarios para nuestra estación de penitencia

   

Vida cofrade 2004

   

Normas para la estación de penitencia

   

Junta de Gobierno

< página anterior

página siguiente >

   

 

A las cofradías de la Diócesis en la Cuaresma del Año de la Eucaristía

“El velo del templo –al morir Jesús-

se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mt 27, 51)

 
 

             Este año 2005 el Santo Padre Juan Pablo II lo ha declarado como el año de la Eucaristía. Ello nos ha de estimular para penetrar en este gran misterio que es “centro y culmen” de toda la vida de la Iglesia.

              Al dirigirse a las Cofradías de pasión de toda la Diócesis precisamente en la Cuaresma de este especial año, pienso que en todos los “pasos” que recorren nuestras calles en las procesiones de la Semana Santa recogiendo diversos momentos de la pasión del Señor, son precisamente eso: “pasos” hacia el gran momento en que se cumple la salvación de los hombres por la muerte redentora de Jesucristo. 

 Por eso os invito en esta reflexión a descubrir el significado de la frase de San Mateo que encabezaba estas líneas: “El velo del templo se rasgó” (Mt 27, 51) y al descubrir el significado, conseguir penetrar en el misterio de la Eucaristía.

 Todo el Antiguo Testamento es figura del Nuevo: lo que en estos siglos pasados se nos promete, llega a plenitud y cumplimiento en Jesucristo.

 El pueblo de Israel tenía su lugar sagrado en el templo de Jerusalén. Los evangelios en distintas ocasiones nos presentan al mismo Cristo asistiendo, como un judío más, a las celebraciones del templo de Jerusalén, ya desde que cumplió los doce años y se perdió allí “porque tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre” (Lc 2, 41-50), hasta en las mismas vísperas de su muerte (Mt 21, 12-17).

 Pues bien: el templo de Jerusalén estaba construido de la siguiente forma: el lugar principalísimo era el “Santo de los Santos” separado por una cortina de otro lugar llamado el “Santo” (cf. Ex 25 a 27).

 En el lugar “Santo” los sacerdotes de Israel ofrecían cada día los sacrificios del pueblo israelita (cf Lc 1, 5-22); pero al “Santo de los Santos” sólo entraba una vez al año el Sumo Sacerdote con la sangre del animal que se inmolaba en la fiesta dela Expiación (cf. Lev 16).

 Aquel lugar “Santísimo”, o “Santo de los Santos”, era el sitio en que los israelitas localizaban la presencia de Dios. Y por eso ante ese Dios no se atrevían a acercarse: sólo el Sumo Sacerdote y una vez al año. Era la idea que aquel pueblo de Israel albergaba: “nadie puede ver a Dios y seguir viviendo” (Ex 33, 20; Is 6).

 Sin embargo, Jesús vino a revelarnos el rostro de Dios, a introducirnos en la intimidad de la divinidad. Bien claro lo dice a la samaritana: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorareis al Padre… Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 20-23).

 La “hora” de Jesús fue su muerte: desde entonces el hombre fue llamado a entrar en la intimidad de Dios, más aun, a ser hijo de Dios: ser hijos en el Hijo. Por eso al morir Jesús “se rasgó el velo del templo” (Mt 27, 51); por eso al morir Jesús “un soldado le abrió el costado” (Jn 19, 31-37) y de su costado salió sangre y agua, símbolo del Bautismo y de la Eucaristía.

 Desde ese momento de la muerte de Cristo, ya sus entrañas se nos han abierto como comenta precisamente San Bernardo: “Sus entrañas rebosan misericordia… y ya no seré pobre en méritos, mientras El no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también sus méritos” (S. Bernardo, Comentario al Cantar de los Cantares, Sermón 61, 3-5). ¿Dónde podrá  hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Señor?

 Ante esta maravilla de las misericordias del Señor que se escapan de su costado abierto; ante este gozo inmenso de sabernos llamados a entrar en la intimidad de Dios, la Iglesia contemplando este costado abierto de Cristo en la Cruz exclama que “ese costado es descanso para los piadosos y refugio para los pecadores” (Prefacio de la solemnidad del Corazón de Jesús).

 Concluyendo entonces uniendo todos esos momentos “de los pasos” de la pasión dolorosa que culminan en el momento de la muerte y de la lanzada al costado de Cristo; uniendo todos esos “pasos” con la Eucaristía. Porque la Eucaristía nos hace presente y real y continuamente repetido para nosotros aquel momento en que se rompió el velo del templo de Jerusalén al romperse el costado de Cristo con la lanza. Nunca mejor que cuando celebramos la Eucaristía podemos penetrar en lo mas hondo de la misericordia de Dios hacia nosotros; entonces, en la Eucaristía, Dios nos toma y nos lleva a la intimidad de nuestra vida, de nuestra pobre vida de pecadores, que se injerta y se enraíza en las mismas entrañas de la divinidad.

 Que María Santísima que acompañó a Jesús en la Cruz, que se dolió con las heridas de su Hijo, que contempló cómo le abrían el corazón con una lanza, nos ayude a penetrar en las entrañas de la misericordia divina a través de la vivencia en nuestras vidas del misterio eucarístico, pues ella (como la llama el Papa Juan Pablo II) es “mujer eucarística” (Encíclica Ecclesia de Eucaristía, nº 53).

 Jaén, Cuaresma 2005

 

                                                                                                                                                                Rafael Higueras Álamo

Administrador Diocesano

 
   
< página anterior

página siguiente >