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Este año 2005 el Santo Padre Juan Pablo II lo ha declarado como el año
de la Eucaristía. Ello nos ha de estimular para penetrar en este gran
misterio que es “centro y culmen” de toda la vida de la Iglesia.
Al dirigirse a las Cofradías de pasión de toda la Diócesis precisamente
en la Cuaresma de este especial año, pienso que en todos los “pasos” que
recorren nuestras calles en las procesiones de la Semana Santa
recogiendo diversos momentos de la pasión del Señor, son precisamente
eso: “pasos” hacia el gran momento en que se cumple la salvación de los
hombres por la muerte redentora de Jesucristo.
Por eso os invito en esta reflexión a descubrir el
significado de la frase de San Mateo que encabezaba estas líneas: “El
velo del templo se rasgó” (Mt 27, 51) y al descubrir el significado,
conseguir penetrar en el misterio de la Eucaristía.
Todo el Antiguo Testamento es figura del Nuevo: lo que en
estos siglos pasados se nos promete, llega a plenitud y cumplimiento en
Jesucristo.
El pueblo de Israel tenía su lugar sagrado en el templo de
Jerusalén. Los evangelios en distintas ocasiones nos presentan al mismo
Cristo asistiendo, como un judío más, a las celebraciones del templo de
Jerusalén, ya desde que cumplió los doce años y se perdió allí
“porque tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre” (Lc 2, 41-50),
hasta en las mismas vísperas de su muerte (Mt 21, 12-17).
Pues bien: el templo de Jerusalén estaba construido de la
siguiente forma: el lugar principalísimo era el “Santo de los Santos”
separado por una cortina de otro lugar llamado el “Santo” (cf. Ex 25 a
27).
En el lugar “Santo” los sacerdotes de Israel ofrecían cada
día los sacrificios del pueblo israelita (cf Lc 1, 5-22); pero al “Santo
de los Santos” sólo entraba una vez al año el Sumo Sacerdote con la
sangre del animal que se inmolaba en la fiesta dela Expiación (cf. Lev
16).
Aquel lugar “Santísimo”, o “Santo de los Santos”, era el
sitio en que los israelitas localizaban la presencia de Dios. Y por eso
ante ese Dios no se atrevían a acercarse: sólo el Sumo Sacerdote y una
vez al año. Era la idea que aquel pueblo de Israel albergaba: “nadie
puede ver a Dios y seguir viviendo” (Ex 33, 20; Is 6).
Sin embargo, Jesús vino a revelarnos el rostro de Dios, a
introducirnos en la intimidad de la divinidad. Bien claro lo dice a la
samaritana: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este
monte, ni en Jerusalén adorareis al Padre… Llega la hora (ya estamos
en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en
espíritu y verdad” (Jn 4, 20-23).
La “hora” de Jesús fue su muerte: desde entonces el hombre
fue llamado a entrar en la intimidad de Dios, más aun, a ser hijo de
Dios: ser hijos en el Hijo. Por eso al morir Jesús “se rasgó
el velo del templo” (Mt 27, 51); por eso al morir Jesús “un
soldado le abrió el costado” (Jn 19, 31-37) y de su costado salió
sangre y agua, símbolo del Bautismo y de la Eucaristía.
Desde ese momento de la muerte de Cristo, ya sus entrañas se
nos han abierto como comenta precisamente San Bernardo: “Sus entrañas
rebosan misericordia… y ya no seré pobre en méritos, mientras El no lo
sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es mucha, muchos
son también sus méritos” (S. Bernardo, Comentario al Cantar de los
Cantares, Sermón 61, 3-5). ¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un
descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Señor?
Ante esta maravilla de las misericordias del Señor que se
escapan de su costado abierto; ante este gozo inmenso de sabernos
llamados a entrar en la intimidad de Dios, la Iglesia contemplando este
costado abierto de Cristo en la Cruz exclama que “ese costado es
descanso para los piadosos y refugio para los pecadores” (Prefacio
de la solemnidad del Corazón de Jesús).
Concluyendo entonces uniendo todos esos momentos “de los
pasos” de la pasión dolorosa que culminan en el momento de la muerte y
de la lanzada al costado de Cristo; uniendo todos esos “pasos” con la
Eucaristía. Porque la Eucaristía nos hace presente y real y
continuamente repetido para nosotros aquel momento en que se rompió el
velo del templo de Jerusalén al romperse el costado de Cristo con la
lanza. Nunca mejor que cuando celebramos la Eucaristía podemos penetrar
en lo mas hondo de la misericordia de Dios hacia nosotros; entonces, en
la Eucaristía, Dios nos toma y nos lleva a la intimidad de nuestra vida,
de nuestra pobre vida de pecadores, que se injerta y se enraíza en las
mismas entrañas de la divinidad.
Que María Santísima que acompañó a Jesús en la Cruz, que se
dolió con las heridas de su Hijo, que contempló cómo le abrían el
corazón con una lanza, nos ayude a penetrar en las entrañas de la
misericordia divina a través de la vivencia en nuestras vidas del
misterio eucarístico, pues ella (como la llama el Papa Juan Pablo II) es
“mujer eucarística” (Encíclica Ecclesia de Eucaristía,
nº 53).
Jaén, Cuaresma 2005

Rafael
Higueras Álamo
Administrador Diocesano |